El viernes llegó con el teléfono boca arriba sobre el escritorio del despacho.Alice lo había dejado ahí la noche anterior, antes del ritual de cierre de Max, y por la mañana lo encontró exactamente donde lo había dejado: la pantalla apagada, la respuesta de Liam archivada en el hilo y, aun así, distinta de las demás. No era solo por las palabras, sino por el lugar que ocupaban.Hasta entonces, casi todo lo que venía de Liam había terminado en algún espacio protegido: un cajón, un álbum, una conversación cerrada antes de que la pantalla quedara demasiado tiempo expuesta. Pero aquella frase sobre Thomas y la sombra había dormido boca arriba sobre su escritorio, visible incluso apagada, como si el cuerpo de Alice hubiera decidido que algunas respuestas ya no necesitaban esconderse para seguir estando a salvo.Alice recogió el teléfono.En la habitación 114, Max empezaba a moverse en la cuna. Todavía no lloraba. Anunciaba el día con esos movimientos pequeños que Alice ya sabía leer: la m
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