Mañana. A las tres. Alice, yo no firmé nada. Los dos mensajes estaban en la pantalla cuando abrió los ojos a las seis y ocho. El segundo no cambió al releerlo. No se volvió menos directo. No se volvió más fácil. Cerró el teléfono. Se quedó mirando el techo treinta segundos, con Max quieto en la cuna, el hotel en silencio y el jueves existiendo con un peso que ya no era anticipación. Era presencia.La mañana tuvo una textura distinta, aunque los hechos fueran casi los mismos. El café. Los informes. Noventa y cuatro por ciento. Max despierto cuarenta y cinco minutos seguidos, mirando el móvil con esa concentración nueva: más lenta, más deliberada. La diferencia estaba en el ritmo. Todo ocurría un registro más despacio, como si el cuerpo hubiera decidido, sin consultarle a la cabeza, que esta mañana necesitaba reservar energía para la tarde. Alice lo notó. No lo corrigió.Rosa entró a las ocho con el desayuno y se quedó un momento de más, observando a Alice servirse el café con una lentit
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