Las tres y cincuenta y ocho.Alice había estado midiendo el tiempo de esa forma desde las tres y cuarenta: no con el reloj, sino con Max.A esa hora del lunes, Max entraba en su ciclo de atención sostenida antes del sueño de tarde. Bien despierto. Mirando. Con esa indiferencia activa de quien todavía no sabe que hay cosas en el mundo más importantes que la textura de la luz sobre el techo.Alice lo tenía en brazos.La postura de siempre: Max sobre el antebrazo izquierdo, la cabeza en el hueco del codo, el cuerpo tibio contra ella. Un peso que ya conocía de memoria y que, aun así, seguía pareciéndole nuevo cada vez.En dos minutos llegaría Liam.O quizá el ascensor ya había subido.Alice no lo había oído.No porque no estuviera atenta.Porque estaba escuchando la respiración de Max, y en esa habitación ningún sonido era más real que ese.Valeria estaba junto a la puerta.No dentro del todo.No afuera.Exactamente donde debía estar.A las cuatro menos un minuto, miró el teléfono.—Está
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