Pero no estaban bailando como compañeros. Estaban pegados, los cuerpos fundidos en un vaivén perezoso. Isabella tenía la cabeza apoyada en el hombro de Nicolás, y él la sujetaba por la cintura con una familiaridad que me hizo ver rojo. Ambos se movían con esa fluidez peligrosa que solo da el exceso de alcohol; se reían de algo, susurrando palabras ebrias que solo ellos podían entender.Sin embargo, lo que más me enfureció no fue la cercanía, sino la mirada de Nicolás. El idiota no estaba mirando a Isabella con deseo; tenía la vista clavada en Sofía, que bailaba a unos metros con Dante. Usaba a Isabella para darle celos a Sofía, y ella, en su estado de embriaguez, se dejaba llevar, riendo como si no tuviera un solo problema en el mundo.—Están borrachos —dijo Lucas a mi espalda, su tono perdiendo el humor por primera vez—. Los dos. Mira cómo se tambalean.—Voy a sacarla de ahí —dije, dando un paso adelante.—¡Gabriel, espera! —Mía me tomó del brazo—. Nico solo está despechado. Se peleó
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