—¡No quiero hablar! ¡Nadie me escucha de todas formas! —chilló ella, deslizándose un centímetro más hacia el borde.
Me acerqué lentamente, asegurando mi mosquetón al riel de seguridad. El frío me calaba los huesos, pero mi mente estaba en un lugar mucho más oscuro.
—Escúchame —dije, elevando la voz sobre el viento—. Me llamo Gabriel. Soy el Capitán de la estación que está a unas cuadras d