La mañana en la casa de los Calvelli comenzó con un silencio sepulcral. Gabriel bajó a la cocina con las ojeras marcadas por una noche de insomnio, esperando encontrar a Isabella preparando café o, al menos, ignorándolo desde la mesa. Pero la cocina estaba vacía. Los dos sobres de dinero seguían allí, intactos, sobre la madera, como un recordatorio de la muralla que ella había levantado.
—¿Bella? —llamó Gabriel, pero solo el eco de su voz le respondió.
Lucas entró en la cocina bostezando,