Entramos de nuevo en la casa. El calor nos golpeó, una bienvenida reconfortante pero abrumadora. Dominic seguía dando vueltas, ajeno a todo el dolor y la tragedia que rodeaba su existencia y la de su hermano que venía en camino.Me acerqué al sofá donde Isabella estaba sentada. Mía y Emma se levantaron, captando sutilmente la tensión en el ambiente, y se retiraron hacia la cocina, dejándonos un poco de espacio.Isabella me miró. Sus ojos, aunque cansados, buscaron los míos con una mezcla de cautela y esperanza.—Gabriel —dijo ella, con suavidad.Me senté a su lado. El espacio entre nosotros se sentía como un abismo, pero esta vez, decidí que era hora de dar el primer paso para cruzarlo.&m
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