En ese momento, las puertas de la comisaría se abrieron de nuevo. Noah salía escoltando a Isabella. Ya no tenía las esposas puestas, pero su caminar era el de alguien que ha sido derrotado por dentro.Cuando la luz de las farolas le dio en el rostro, mi sangre hirvió. Isabella tenía el labio partido, un hilo de sangre seca adornaba la comisura de su boca y su mejilla empezaba a tornarse de un color púrpura oscuro.—¡¿Qué le pasó?! —rugí, intentando abalanzarme hacia ella, pero los guardaespaldas de Ebenices se interpusieron de inmediato—. ¡Isabella!Ella levantó la vista. Sus ojos estaban apagados, sin ese brillo ámbar que me hacía sentir invencible. Me miró, y vi el dolor del sacrificio en su expresión. Miró a los chicos, a Liam que estaba al borde de las lágrimas, a Lucas que tenía la mandíbula apretada.—Gabriel... —susurró, pero no se acercó.—¡Bella, dinos qué pasó! ¡Ese tipo te tocó! —gritó Liam, señalando a Ebenices.Ebenices se puso al lado de ella, rodeándola por los hombros
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