Narrado por Gabriel Calvelli
El atardecer en Thalassa se tiñó de un rojo violento, como si el cielo mismo estuviera sangrando. Tras la explosión de Stefanía en el hangar, Isabella se había marchado sin decir una palabra, desapareciendo entre las calles empedradas del puerto. Yo me quedé allí, sentado en un banco de madera, sintiendo que el uniforme me pesaba una tonelada. Los chicos se movían en silencio, como sombras en un funeral. Nadie se atrevía a preguntar, nadie se atrevía a juzgar, pero