Lo mordí mil veces en los brazos y me aferré a su espalda con mis uñas grandes, abriéndole surcos en sus músculos y sus bíceps, haciéndole chorrear hilos de sangre que a él ni le importó porque Vance estaba obsesionado en hacerme suya, en llegar a las distancias más lejanas de mis entrañas y conquistar hasta las últimas fronteras de mi feminidad. Yo quedé boquiabierta y perpleja, con mis ojos desorbitados, delirando cuando él llegó al techo máximo de mi sensualidad. Fue algo poético, romántico, tierno y maravilloso. En ese momento nos convertimos en uno solo, sin importarnos el resto del mundo. Me sentí la mujer más sexy del mundo, en los brazos de Trevor. Era lo que yo quería, en realidad. Luego me derrumbé sobre las almohadas, sin fuerzas, exánime, sudorosa, complacida, delirando, subida en una nube, naufragando entre luces y colores. Vance también quedó sin fuerzas, atenazado a mis brazos, soplando fuego en su aliento, tratando de desacelerar su corazón, pero le era im
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