La tarde caía sobre la mansión con una suavidad engañosa, tiñendo las paredes de un dorado cálido que invitaba a la paz. Elena se encontraba en el salón principal, rodeada de muestras de telas para las cortinas de la futura habitación del bebé, siguiendo las recomendaciones de serenidad que la Dra. Batelly le había insistido en mantener. Alexander, por su parte, intentaba concentrarse en unos documentos legales, aunque su mente era un campo de batalla donde los mensajes de Sofía se repetían como un mantra de advertencia. Nada lo había preparado, sin embargo, para el sonido del timbre en un horario en el que no esperaban visitas.Cuando el ama de llaves anunció que una mujer llamada Sofía estaba en la puerta, alegando que traía unos documentos urgentes de la oficina que no podían esperar al lunes, Alexander sintió que el corazón se le detenía. El pánico, frío y paralizante, le recorrió la columna vertebral. Antes de que pudiera reaccionar o inventar una excusa para interceptarla, Elena
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