La fecha ya estaba marcada en los calendarios de la alta sociedad y, sobre todo, en los corazones de Alexander y Elena: treinta días. Solo un mes los separaba de la ceremonia que sellaría su unión de manera definitiva. La mansión de las colinas se había transformado en un cuartel general de elegancia; cajas de porcelana, muestras de centros de mesa y el vestido de Elena, resguardado en una habitación cerrada bajo llave, eran los testigos mudos de una ilusión que parecía inquebrantable. Alexande