El eco del anuncio del maestro de ceremonias aún vibraba en las molduras doradas del gran salón. El nombre de Elena Valerius, pronunciado junto al de Alexander Sterling, había actuado como una descarga eléctrica que paralizó a los presentes. Mientras avanzaban por la alfombra central, Elena sentía el peso de cientos de miradas clavadas en ella; ojos cargados de envidia, curiosidad y, sobre todo, un miedo reverencial. Alexander no la soltaba, su mano en el pequeño de su espalda era una declaración de guerra contra cualquiera que se atreviera a cuestionar su lugar.Al final del pasillo, bajo una lámpara de araña que bañaba todo de una luz casi divina, se alzaba la figura de Arthur Valerius. El patriarca, un hombre cuya sola presencia obligaba a bajar la voz a los más poderosos, observaba la escena con una satisfacción gélida. Él era el anfitrión, el dueño de la noche y de la empresa que organizaba la gala. Vestido con un esmoquin que gritaba autoridad antigua, Arthur no se movió; esperó
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