La nueva residencia en las colinas resplandecía bajo la luz de cientos de velas y lámparas de diseño que Alexander había dispuesto para la inauguración. No era una fiesta masiva; era una reunión selecta. Alexander y Elena habían decidido que solo las personas que realmente importaban —o aquellas que necesitaban ver su fortaleza— cruzarían el umbral de su nuevo hogar. El aire estaba cargado de música suave, el tintineo de copas de cristal y el murmullo de conversaciones sobre inversiones y arte.