Cuando regresaron a la mansión, el sol comenzaba a descender lentamente sobre los jardines, proyectando sombras alargadas y doradas sobre el césped pulcro. Apenas cruzaron la entrada principal, Berenice apareció desde el gran salón como si hubiera estado vigilando la puerta durante horas enteras, esperando su llegada. Y, conociéndola, probablemente lo había hecho. Sus ojos astutos recorrieron primero a Victoria, analizando su postura, luego se desviaron hacia Daniel y finalmente regresaron a Victoria. Una sonrisa peligrosamente satisfecha, cargada de una picardía insoportable, apareció en su rostro. —Mírenlos nada más —soltó Berenice, cruzándose de brazos. Victoria cerró los ojos un instante, conteniendo un suspiro. —No empieces, Berenice. —¿Empezar qué? —preguntó ella con una inocencia teatral que no se creía nadie—. Solo digo lo que veo: parecen una pareja normal. Al parecer, el plan sí funcionó. —Berenice. —¿Qué funcionó, Berenice? —la interrumpió Daniel. Su voz grave
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