Dentro, el banquete de los Garza continuaba con su coreografía habitual de risas medidas y brindis estratégicos, un mundo de apariencias que a Victoria ya no le servía de refugio. Carlos, en la mesa principal, había mantenido su parte en la conversación sin pestañear cuando ella se levantó, pero un segundo después, desvió la mirada hacia las puertas de cristal del jardín con una precisión clínica. Notó el movimiento. No dijo nada. No hacía falta; en su mundo, las ausencias prolongadas a mitad de una cena política siempre significaban algo. Daniel Meléndez no se movió de inmediato tras la salida de ella. Siguió sentado, escuchando a medias a un socio mayoritario sobre márgenes de exportación, con la vista fija en un punto indeterminado entre su copa de cristal y el mantel. Sus dedos descansaban, inmóviles, sobre la madera barnizada, pero la tensión en sus hombros, esa rigidez defensiva que solo aparecía en situaciones de crisis, lo delataba ante cualquiera que supiera leerlo. Él hab
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