El taxi se alejó, dejando a Victoria sola frente a la fachada de su edificio. El silencio de la calle, usualmente acogedor, se sentía ahora como una advertencia sorda. No subió de inmediato; se quedó de pie en la acera, con el bolso apretado contra el costado, notando que la iluminación de la entrada fallaba con un parpadeo errático que le erizaba la piel. —Señorita… —el guardia de seguridad se acercó, su voz cargada de una vacilación que Victoria reconoció al instante—. Hubo un incidente. Ella no se detuvo a pedir detalles. El instinto, ese que había pulido sobreviviendo entre los Rivera y los Meléndez, le gritó que el tiempo se había acabado. Subió las escaleras de emergencia, ignorando el elevador fuera de servicio, sintiendo cómo el aire se volvía más espeso, más agrio, con cada piso que dejaba atrás. En el tercer piso, el olor a plástico quemado y madera carbonizada se volvió insoportable. Cuando llegó a su puerta, la imagen la golpeó con la fuerza de un impacto físico. L
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