El despacho del ala privada de la residencia Meléndez no era un lugar para la familia, era un templo erigido al pragmatismo. El aire, saturado por el aroma a madera vieja y encuadernaciones de cuero, parecía no haberse renovado en cincuenta años, conservando la estática de las órdenes que nunca se cuestionaban.
Daniel permanecía de pie, una columna de tensión contenida frente al escritorio monumental. No buscaba la comodidad de las sillas de terciopelo; sabía que en esa habitación, sentarse er