La habitación parecía un palacio suspendido en el aire. Una amplia sala con alfombras persas, paredes revestidas en tonos crema y dorado, cortinas de seda que caían hasta el suelo. El dormitorio principal tenía un inmenso ventanal desde el cual se podía observar el mar, extendiéndose en la costa de Parga. Una cama king size, con dosel de lino blanco vaporoso, estaba decorada con pétalos de rosas rojas y cojines mullidos. Sobre la mesa, una botella de champagne descansaba en una cubitera de plata, acompañada de fresas bañadas en chocolate. Elena respiró hondo, acariciando con la mirada cada detalle, con el corazón latiéndole tan fuerte que creía que Xander podría oírlo. —Esto es… demasiado —susurró, aún con la sensación de que estaba viviendo dentro de un sueño. —Es lo menos que se merece mi esposa… —dijo Xander mientras se quitaba el saco con calma, colgándolo sobre un perchero de ébano—. Elena lo observaba en silencio, hipnotizada por cada movimiento. Primero los gemelos bri
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