Elena guardó la agenda dentro de su cartera con un movimiento casi automático.
Como si temiera que, si dudaba un segundo más, no pudiera hacerlo.
Tomó los libros.
Respiró hondo.
Y salió de la habitación.
Bajó las escaleras despacio, una mano apoyada en la baranda, la otra sobre el vientre.
El silencio de la mansión la envolvía otra vez.
Cuando llegó al hall, Rafael dio un paso al frente.
—Señora.
Elena asintió levemente.
—Ya estoy lista para irnos.
Rafael tomó los libros de sus manos