La mañana en Atenas amaneció clara, con esa luz limpia que parecía entrar sin pedir permiso por cada rincón de la casa.
Después del desayuno, Xander se despidió con un beso breve.
—No te muevas mucho —dijo, como cada día.
Elena rodó los ojos con una sonrisa.
—Sí, señor.
Él no sonrió.
Pero sus dedos se quedaron un segundo más sobre su vientre antes de irse.
El silencio llegó apenas la puerta se cerró.
Y con él…el aburrimiento.
Elena caminó unos minutos por la casa.
Intentó leer.
Inten