Los muertos no escribían cartas. Pero cuando lo hacían, el mundo entero temblaba.Thiago sostenía el sobre con las manos temblorosas, como si contuviera no papel sino dinamita. Ximena lo observaba desde el otro lado de la mesa del comedor, estudiando cada micro expresión que cruzaba su rostro: incredulidad, esperanza, miedo. Una trinidad emocional que pocas veces había visto en un hombre tan controlado.—No puede ser real —murmuró Thiago, pero sus dedos ya estaban deslizándose bajo la solapa del sobre.La carta emergió lentamente. Papel crema, letra cursiva ligeramente inclinada hacia la derecha. Ximena se acercó lo suficiente para ver el contenido sin invadir el momento. Las palabras eran escasas, directas:"Hermano: Sé que pensaste que estaba muerta. Sé que has sufrido. Pero estoy viva, y necesito verte. Hay cosas que debo decirte antes de que sea demasiado tarde. V
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