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Los muertos no escribían cartas. Pero cuando lo hacían, el mundo entero temblaba.

Thiago sostenía el sobre con las manos temblorosas, como si contuviera no papel sino dinamita. Ximena lo observaba desde el otro lado de la mesa del comedor, estudiando cada micro expresión que cruzaba su rostro: incredulidad, esperanza, miedo. Una trinidad emocional que pocas veces había visto en un hombre tan controlado.

—No puede ser real —murmur&oa

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