El video más íntimo de tu vida en manos equivocadas era como entregar un arma cargada a tu peor enemigo y pedirle que te apunte.Ximena sostenía el teléfono con dedos que apenas respondían, la pantalla iluminando su rostro en la penumbra del amanecer. El mensaje había llegado a las cinco de la mañana, cuando el mundo aún dormía y los monstruos salían a jugar. No había palabras, solo un archivo adjunto y una amenaza implícita en cada pixel.No necesitó reproducir el video completo. Los primeros cinco segundos fueron suficientes: ella y Thiago en el dormitorio, la noche anterior, sus cuerpos entrelazados en una danza que ahora se sentía profanada. La cámara había capturado cada susurro, cada caricia, cada momento de vulnerabilidad que jamás debió ser visto por ojos ajenos.Respira, se ordenó a sí misma, pero el aire no llegaba
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