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El mejor jugador de ajedrez no era quien movía más piezas; era quien hacía que el oponente moviera las suyas exactamente donde quería.

Miranda Alcántara había perfeccionado ese arte durante cuarenta años de matrimonio con un hombre que creía controlarla, de criar hijos que pensaban conocerla, de construir un imperio que el mundo suponía pertenecía a su esposo. Ahora, de pie en el centro de su sala de vigilancia priva

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