La traición siempre llegaba vestida de confianza. Esa era la lección más amarga que Thiago Monteverde había aprendido en sus treinta y seis años de vida.Observaba las pantallas del centro de seguridad de Grupo Obsidiana con una calma que contradecía la furia que le quemaba las entrañas. Eran las tres de la madrugada, y llevaba nueve horas revisando grabaciones, rastreando accesos, cruzando datos de comunicaciones. Matías permanecía a su lado, los ojos enrojecidos por la falta de sueño, una taza de café enfriándose en su mano.—Ahí —señaló Thiago, pausando la imagen en el monitor central.La grabación mostraba el pasillo del piso ejecutivo, tres días antes. Una figura familiar se deslizaba hacia su oficina privada a las once de la noche, cuando el edificio estaba prácticamente vacío. Sebastián Cortés, su a
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