La mano de Benedict finalmente se apartó de su muslo cuando el motor se detuvo, pero no se alejó demasiado. En lugar de salir de inmediato, se inclinó sobre el espacio de Emma, invadiendo su aire hasta que ella pudo oler de nuevo el rastro de su colonia. Emma contuvo el aliento, pegando la espalda al asiento mientras él estiraba el brazo para alcanzar el cinturón de seguridad. Sus dedos rozaron sus pechos con toda intención, un contacto que pareció quemar a través de la tela roja del vestido, y antes de liberar el anclaje, Benedict detuvo su rostro a escasos centímetros del suyo. Sus ojos grises que estaban cargados de esa promesa depredadora, recorrieron sus labios con una lentitud desesperante.—Te diría que no muerdo, pero estaría mintiendo, aunque no lo haré aquí ahora —susurró Benedict con esa voz ronca que la hacía vibrar por dentro. No es que el hombre fuera pudoroso, si por el fuera la provocaría hasta que ella misma accediera a que la follara ahí mismo, pero no quería abruma
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