Emma elevó el mentón. No se apartó. Al contrario, acercó sus labios a los de Benedict lo suficiente para que su aliento le rozara la boca. Su voz salió dulce, tranquila, con una calma que no era del todo real, pero sí convincente.—Voy a pensarlo.El brillo en los ojos grises de Benedict no cambió. No hubo molestia. Solo una sonrisa lenta, segura, como si esa respuesta le gustara más que un sí apresurado. Emma se incorporó con cuidado, apartó la mesa pequeña hacia un lado para poder bajar de la cama sin tirar nada, y tomó el vaso de leche que él le había servido. Bebió despacio, mirándolo solo un instante por encima del borde del vidrio, dejando claro que no se había encogido por la cercanía ni por su tono provocador.No era que no entendiera lo que él proponía. De hecho lo entendía demasiado bien. Los dos eran adultos. Ella ya no era una niña ni alguien que pudiera fingir que el deseo no existía. Y sí, una parte de ella quería sentir algo distinto, algo que no viniera con promesas, n
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