Benedict se colocaba la camisa frente al espejo, abotonándola con calma mientras ignoraba la tormenta de pensamientos que siempre lo invadía en esa casa. La mansión Campbell había sido habitada por Robert, él y Noah desde que tenía memoria. Su madre había fallecido cuando él tenía apenas diecinueve años, en el mismo accidente que se llevó a su hermano Ernesto y a su cuñada —los padres de Noah—. Noah, con solo diez años, se había quedado huérfano de golpe y Robert terminó haciéndose cargo de él. Después, pese a ser adultos y tener fortunas propias, ninguno había tomado la decisión de irse de aquella propiedad. Era enorme, con todas las comodidades con las que un hombre pudiera soñar, y francamente no había un motivo real para mudarse, más allá de evitar las miradas de juicio del otro en los pasillos.Como experto en finanzas y estrategia corporativa, Benedict se había formado con un único propósito: dirigir el imperio familiar. Su padre lo había nombrado director general, un puesto q
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