—Y me importas, Liebling —su voz fue un murmullo en mi oído, solo para mí—. Te protejo porque me importas.
En una habitación que últimamente compartíamos, tan grande como un modesto departamento y mejor amueblada que muchas mansiones, dentro del magnífico palacio de Bellevue, ese hombre con un pasado sangriento que escondía detrás de la apariencia de un político, y ahora presidente, sembró un delicado beso en la base de mi mandíbula, antes de seguir hacía mi cuello, donde plantó muchos más.