Rodrigo se detuvo junto a la puerta, ya con la camisa puesta pero sin la chaqueta, que colgaba de su hombro con elegancia descuidada. El contraste entre el hombre que acababa de bromear con el gato y el hombre que estaba a punto de enfrentarse al mundo corporativo era evidente, pero su mirada seguía anclada en la mía. Se acercó un paso más, acortando la distancia por última vez. Me tomó la cara entre las manos, obligándome a sostenerle la mirada. —Alexandra, escúchame bien —dijo, y su voz ya no tenía rastro de broma, solo una sinceridad que me desarmó. Lo de anoche, lo de cada día..., "Te amo. Te amo de una forma que a veces me asusta porque no sé cómo encajarlo en todo este caos, pero es lo único que tengo claro". Me dio un beso largo, cargado de esa confesión, uno que se sintió como un sello. Cuando se separó, sentí un frío repentino. Lo vi alcanzar el pomo de la puerta y, antes de que pudiera salir, las palabras salieron de mi boca casi sin pensar, con un hilo de voz que dela
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