Los dientes de Alessandro rechinaron con fuerza, hasta el punto de sentir que se partían todos dentro de su boca, provocándole un dolor agudo. ¿Cómo era posible que ella le hiciera tal humillación pública? ¿A él? ¿Al hombre más importante de Milán, al apellido que infundía respeto en cada rincón de Italia y al hombre que seguía siendo, por ley y por voluntad propia, su esposo? La imagen de Amelia dándole la espalda para entrelazar su mano con la de Valerio se repetía como una tortura en su mente, quemándole el orgullo y dejándole un sabor metálico en la lengua. La rabia era tanta, un incendio descontrolado que le subía por la garganta, que tomó el resto del vino que había en la mesa, una copa que ni siquiera era suya, y se lo bebió de un solo golpe, sintiendo el líquido escurrir por la comisura de sus labios antes de caminar hacia la salida con una zancada violenta, dejando a Ginevra trotando a su espalda para intentar seguirle el ritmo. —¿A dónde vas, cariño? —preguntó ella con una v
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