El viento del acantilado aullaba con una furia implacable, agitando mi túnica deshilachada y golpeando mi rostro con la salpicadura fría del Mar de Cristal. Al mirar hacia abajo, el agua no se comportaba como el océano común de las tierras del sur; era un espejo líquido, denso y resplandeciente, que se abría en un vórtice perfecto hacia las profundidades de la fosa marina. Sin mi loba, la altura me causaba un vértigo puramente humano, una debilidad que me obligaba a apretar los puños para evitar que las piernas me temblaran ante la mirada de los guerreros del Arrecife Negro.—Aún puedes dar marcha atrás, humana —la voz del líder del arrecife retumbó a mi lado, áspera como el coral triturado—. Ningún mortal ha sobrevivido al roce de las corrientes sagradas. El espejo busca la verdad del alma, y si tu alma alberga una sola duda, el abismo te reclamará como su tributo.—No tengo tiempo para dudar —respondí, manteniendo el mentón en alto—. Mi manada se muere y el Alfa está encadenado a un
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