POV ElíasLa bañera ergonómica de diseño sueco está colocada sobre la encimera de mármol del baño principal. Dentro, el agua reposa tranquila, transparente, esperando.Miro el termómetro sumergible con forma de pato (una concesión estética que me duele, pero que el pediatra recomendó por seguridad).37.1°C.—La temperatura es óptima —anuncio, girándome hacia Mara.Ella está sentada en la tapa del inodoro, con la bata de seda color champán cruzada sobre el pecho. Tiene el pelo suelto, limpio y brillante, y aunque las ojeras siguen ahí, hay una luz nueva en su cara. Una luz de domingo por la mañana.—Es agua, Elías. No es combustible para cohetes. Mete al niño.—El coeficiente de fricción de un neonato mojado y enjabonado es prácticamente nulo —replico, sintiendo un sudor frío en la nuca—. Es como intentar sujetar una pastilla de jabón viva.—No se te va a caer. Tienes manos grandes. Y yo estoy aquí de copiloto.Cojo a Leo del cambiador. Está desnudo, agitando brazos y piernas, molesto
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