POV Elías
El silencio de mi ático siempre ha sido mi mayor lujo. Un silencio de calidad, logrado con vidrios triples, cámaras de aire y paneles fonoabsorbentes ocultos en los falsos techos.
Pero cuando la puerta blindada se cierra tras nosotros con un clic pesado y definitivo, el silencio se siente diferente.
Ya no es vacío. Es expectante.
Dejo el portabebés ("el huevo") sobre la alfombra del recibidor con una suavidad exagerada, como si contuviera nitroglicerina. Leo sigue dormido, narcotizado