POV ElíasA mis cuarenta y dos años, creía conocer a la perfección la diferencia entre una estructura estable y una a punto de colapsar. Había pasado mi vida adulta midiendo milímetros, calculando cargas, asegurándome de que todo en mi entorno fuera predecible, simétrico y, sobre todo, seguro.Y entonces llegó ella con su maleta rosa chillón, su manía de morderse las uñas y esa forma ruidosa de caminar, y redujo todas mis certezas a escombros.Me despierto antes de que el sol termine de rasgar el cielo de Madrid. El ático, que durante años había sido un mausoleo de hormigón y cristal estéril, ahora respira. Literalmente. Escucho el leve silbido de la respiración de Leo en su cuna, a escasos dos metros de la cama, y luego, un suspiro más profundo, justo a mi lado.Me giro despacio sobre el colchón. Mara duerme boca abajo, con la cara medio hundida en la almohada y el pelo revuelto en una maraña indomable que me fascina. Lleva mi camiseta gris de algodón, la misma de anoche, pero durant
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