El doctor Evans, un hombre de edad avanzada y modales impecables que claramente había visto cosas peores en su vida, examinó mi tobillo con manos expertas mientras yo mordía mi labio inferior para no gritar por el dolor. Kilian permaneció de pie junto a la puerta, una presencia silenciosa y vigilante, con los brazos cruzados. Kaiser, sin embargo, no dejaba de pasearse inquieto por toda la habitación, deteniéndose de vez en cuando para olfatear el aire y emitir un gruñido bajo. Él sabía que algo había pasado; por fortuna no podía hablar. —Solo es un esguince, señor Volkov —declaró finalmente el doctor, vendando mi tobillo con destreza—. No hay nada roto. Necesitará reposo, hielo y esta férula durante al menos una semana. Evite poner peso sobre él, señorita, y estará bien. —Gracias, Evans —dijo Kilian, su voz neutra. —Muchas gracias, doctor. Mientras el doctor empacaba sus cosas, Kilian se acercó y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Había algo extraño en é
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