Kilian tenía razón, el día era perfecto para pasarlo en la piscina.
El sol de la mañana se reflejaba en la superficie turquesa, creando destellos que bailaban sobre las paredes de la mansión.
La temperatura era la justa, la brisa en su punto, incluso el canto de los pájaros parecía increíble.
Se sentía casi irreal.
Los guardias, discretos y profesionales, patrullaban los límites de la propiedad, sus miradas barrían el perímetro, concediéndonos la ilusión de una privacidad que no existía