Capítulo 119. El destino no perdona.
La mañana siguiente en la Rocca di Leone amaneció con un sol brillante, de esos que queman desde temprano.En el patio, la escena era tranquila. Renzo estaba sentado en una de las sillas de plástico, con gafas de sol oscuras y una taza de café en la mano, luchando contra una resaca monumental.—Habla más bajo, por favor —le pidió Renzo a un pájaro que cantaba en un olivo cercano—. Me estás taladrando el cerebro.Massimo salió de la casa, fresco como una lechuga, con una camisa de lino blanca y el pelo húmedo de la ducha. Diana salió detrás de él, con Alessandro en brazos. El niño estaba radiante, ajeno a que su tío Renzo sufría por culpa del vino barato de la noche anterior.—Buenos días, bella durmiente —saludó Massimo, dándole una palmada en la espalda a Renzo.Renzo gimió.—Te odio. Te odio a ti, a tu genética perfecta y a tu felicidad matutina.Andrea apareció con una bandeja de tostadas con aceite y tomate.—Coma, señor Renzo —dijo la mujer con cariño—. El aceite absorbe el venen
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