Capítulo 119. El destino no perdona.
La mañana siguiente en la Rocca di Leone amaneció con un sol brillante, de esos que queman desde temprano.
En el patio, la escena era tranquila. Renzo estaba sentado en una de las sillas de plástico, con gafas de sol oscuras y una taza de café en la mano, luchando contra una resaca monumental.
—Habla más bajo, por favor —le pidió Renzo a un pájaro que cantaba en un olivo cercano—. Me estás taladrando el cerebro.
Massimo salió de la casa, fresco como una lechuga, con una camisa de lino blanca y