POV SCARLETTEl amanecer en Moscú entró por los ventanales de la habitación como una caricia de plata fría. Me desperté envuelta en el calor de los brazos de Klaus, sintiendo el peso de su cuerpo protector contra el mío. Mi cuerpo todavía conservaba el eco de la rudeza de la noche anterior; cada músculo me dolía con una intensidad deliciosa, un recordatorio físico de que el Zar me había reclamado hasta la última fibra de mi ser.Me giré lentamente entre sus brazos para observarlo mientras dormía. En la penumbra de la mañana, Klaus no parecía el monstruo que las leyendas urbanas describían. Sus facciones, usualmente tensas y alertas, se habían suavizado. La red de venas oscuras que marcaba su piel estaba tranquila, casi invisible.Le acaricié la mejilla, rozando la sombra de su barba. Sus pestañas temblaron y, en un segundo, sus ojos azules se abrieron, fijos en los míos con una claridad asombrosa. No hubo confusión, solo una devoción instantánea que me cortó el aliento.—Buenos días,
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