Al cabo de un rato, las oficinas de Crawley fueron abismándose en la oscuridad. Solo porque los guardias de seguridad iban presentándose en su puesto de trabajo, Lauren tuvo la imposición de marcharse. Estaba contenta; al menos, logró adelantar una importante cantidad de trabajo, ya se esperaba los cumplidos de parte de su jefe; nada podía llenar más su ego. Fue como revivir los viejos tiempos, cuando los guardias debían obligarla (casi literalmente) a abandonar su cubículo. Entonces, se jugaba un ascenso en su puesto, así que sacrificar horas de sueño era natural. En muchas ocasiones, fue roída por el remordimiento de saber que Arthur estaba tumbado en su cama, solo, intentando conciliar el sueño. Se había vuelto distante, apenas le dirigía la palabra. No podía culparlo; estaba casado con un fantasma. Una mujer que, aun estando allí, estaba ausente. Paul, aunque se había marchado varias horas antes, regresó por ella, ofreciéndose a llevarla. Se había ilusionado cuando, es
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