MEGANEl rugido constante de los motores del jet termina convirtiéndose en un ruido de fondo. Afuera, las Bahamas quedan cada vez más lejos, reducidas a un conjunto de pequeñas manchas verdes rodeadas por un océano de un azul imposible. Me quedo observando por la ventanilla durante varios minutos, preguntándome en qué momento aquel lugar dejó de ser el escenario de un viaje impuesto para convertirse en el sitio donde, después de tantos años, Asher y yo empezamos a decirnos verdades que llevábamos demasiado tiempo escondiendo.Aparto la vista del paisaje y la llevo hacia él.Está sentado frente a la pequeña mesa de trabajo del avión, con la computadora abierta y el teléfono apoyado entre el hombro y la oreja mientras escribe algo a toda velocidad. Tiene varias carpetas digitales abiertas al mismo tiempo, gráficos, balances y documentos que cambian una y otra vez en la pantalla. Apenas termina una llamada, entra otra. Apenas consigue una respuesta, aparece una nueva pregunta. Lleva más
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