OLIVAREl zumbido en mis oídos era lo único que escuchaba mientras me arrastraba por la tierra. La onda expansiva me había lanzado varios metros, pero el golpe contra el suelo no era el problema; para un Alfa, una explosión así son cosquillas, puro ruido y calor. El verdadero veneno estaba en el aire.Me puse en pie a trompicones, sacudiéndome los escombros de la espalda. Cuando logré enfocar la vista, la mansión de mi padre ya no existía. Era una pira de fuego y vigas astilladas. Pero lo que me hizo rugir de odio no fue la casa destruida, sino lo que vino después del estallido.Vargo no solo había usado pólvora. Había cargado la estructura con metralla de plata.—¡Cobertura! —grité, aunque mi voz sonaba ahogada por el humo.Alrededor de mí, varios de mis lobos que habían logrado salir a tiempo caían de rodillas, gimiendo de pura agonía. El aire estaba saturado de púas y puntas de plata, finas como agujas, que se les habían clavado en la piel durante la explosión. Para nosotros, eso e
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