EMELY.A pesar de que intentaba mantener la compostura, sus ojos delataban una tormenta interna que no podía frenar. Me tomó de las manos, y aunque su contacto era cálido, sentí que sus dedos temblaban imperceptiblemente.—Tienes que estar tranquila, Emely. Por los bebés, por nosotros... —me dijo, buscando mis ojos con una intensidad desesperada—. Pero no puedo ocultarte esto.El aire se volvió irrespirable. Selene se quedó estática a mi lado, y yo sentí cómo Kia se erizaba, reconociendo el olor del peligro real en el aliento de mi Alfa.—Dime qué pasa, Olivar. No me protejas con el silencio, eso es lo único que me asusta —le exigí, apretando sus manos con la fuerza de mi propia loba.Olivar soltó un suspiro pesado y se giró hacia la pequeña que seguía en la alfombra, rodeada de sus dibujos premonitorios.—Aleria, sal un momento, por favor —le pidió con una suavidad que resultaba forzada por la urgencia.La niña levantó la vista, sosteniendo su lápiz. Sus ojos grandes y claros se clav
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