El sabor de la sangre en mi boca era metálico, amargo, pero por primera vez en dieciocho años, no me sabía a derrota. Me sabía a libertad. Mientras mi madre, Elena, pasaba una gasa empapada en antiséptico por la brecha de mi ceja, yo no sentía el escozor de la herida, sino el alivio de haber soltado una carga que ni siquiera sabía que llevaba a cuestas.— Quieto, Alex... —susurró ella, con las manos temblando ligeramente. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar, pero había una determinación en su rostro que nunca antes le había visto. Se había enfrentado a la bestia. Había echado a Matthew Andrews de su vida con un cuchillo y una verdad devastadora.En ese momento, la puerta se abrió de golpe e Isabella entró corriendo. Mi hermana mayor, la única que siempre pareció encajar en el molde de los Andrews, se desplomó a mi lado. Se veía desaliñada, con el maquillaje corrido y la respiración agitada.— Lo sé —dijo ella, antes de que alguien hablara. Miró a nuestra madre y luego a mí—. He hab
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