El sabor de la sangre en mi boca era metálico, amargo, pero por primera vez en dieciocho años, no me sabía a derrota. Me sabía a libertad. Mientras mi madre, Elena, pasaba una gasa empapada en antiséptico por la brecha de mi ceja, yo no sentía el escozor de la herida, sino el alivio de haber soltado una carga que ni siquiera sabía que llevaba a cuestas.
— Quieto, Alex... —susurró ella, con las manos temblando ligeramente. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar, pero había una determinación en s