Isabella Andrews
El aire de la noche de Miami siempre me había parecido una invitación al pecado, pero esa noche, tras el show en la barra del Onyx, se sentía como una descarga de voltaje puro. Mis tacones de aguja repicaban contra el suelo de mármol del lobby del hotel con una arrogancia que solo una mujer de veintiún años que acaba de dejar a media ciudad con la boca abierta puede permitirse. Mientras mis primas y tías se perdían en dramas existenciales y reconciliaciones con sabor a lágrima