El domingo por la mañana, Olivia dejó tres páginas sobre la mesa del comedor.No las anunció. No dijo que las había escrito ni que quería que alguien las leyera. Solo las dejó ahí, con el bloc de notas abierto en la primera página y el bolígrafo rojo a un lado, y se fue a la cocina a servirse el café.Nathan las vio desde el salón.Las hojas tenían la letra de Olivia: apretada, sin márgenes, con la caligrafía de alguien que escribe más rápido de lo que el papel permite y que no va a ralentizarse por eso. Los renglones eran rectos aunque el papel no tuviera guías. Nathan llevaba cinco años reconociendo esa letra en los márgenes de la libreta de recetas. Verla en un texto continuo era diferente.Dejó su café sobre la mesita.Se acercó a la mesa. Se sentó. Leyó.No sabía exactamente cómo leer un texto de Olivia. Sabía cómo leer informes de mercado. Sabía cómo leer los contratos de Lucas y los artículos de Helena. Sabía, después de veinte años, cómo leer lo que Evelyn escribía. Pero lo de
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