El nombre llegó a Sophie un martes de agosto.
No como revelación. Como la frase que está en la página desde el principio y que el lector tarda en ver porque la busca en el lugar equivocado.
Estaba en la terraza de Lavapiés, a las ocho de la mañana, con el cuaderno abierto y el café largo y el sol de agosto que en Madrid no era suave sino directo, sin filtros, el tipo de sol que te obliga a ver exactamente lo que hay sin la amortiguación que la nube presta en otras latitudes y en otras estacione