La cocina del penthouse parecía el epicentro de un experimento químico que había salido espectacularmente mal, o maravillosamente bien.Leo y Olivia tienen ocho años. Habían crecido rodeados de caos corporativo, demandas legales y crisis familiares gestionadas con precisión quirúrgica, pero su territorio era otro. Habían decidido independientemente, sin consultarse, sin hacer un pacto secreto en la oscuridad de su habitación compartida, que querían ser exactamente la misma cosa: cocineros.El aire estaba saturado y denso. Olía a mantequilla quemada, extracto de vainilla real y una mezcla de especias exóticas que bajo ninguna circunstancia lógica debían mezclarse. Evelyn observaba desde el arco de entrada, apoyada contra el marco de la puerta, con una taza de té humeante en la mano.El capítulo de Leo y Olivia: su primera aparición con personalidades ya definidas. Ya no eran solo los bebés de la casa. Eran entidades completas.A la izquierda de la inmensa isla de mármol blanco, Leo ope
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