El papel de la carta era grueso, del tipo que las instituciones utilizaban para dejar claro que lo que estaba impreso en él no era una sugerencia.Helena lo sostenía con ambas manos. La luz de la tarde entraba a raudales por los ventanales inmensos del penthouse, recortando su silueta menuda contra el horizonte de la ciudad. Tenía doce años. Su postura, sin embargo, era tan recta y rígida como la de un soldado de infantería a punto de entregar un informe clasificado. No había temblor en sus dedos. No había vacilación.Evelyn detuvo el tecleo frenético en su portátil. El silencio en el estudio, de pronto, se sintió denso. Cargado de electricidad estática.—Me aceptaron para el programa de periodismo ambiental del verano —dijo Helena.Su voz no tembló. Era un bloque de hielo perfecto, liso y sin fisuras. Mantenía la mirada clavada en su madre.—Tiene credencial de prensa provisional —añadió.Evelyn sintió un tirón seco y doloroso en la boca del estómago. El aire acondicionado, de repent
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